Forn La Barceloneta

Soy Carme Lacasa y Garcia, nacida en Figueres, tengo ochenta años e intento hacer algo de historia, sobre nuestra industria familiar, dedicada a la elaboración de galletas, pastas secas y mucha diversidad de productos de pastelería, la cual ha perdurado, durante más de cien años, hasta la actual quinta generación. El hecho documentado de su existencia centenaria se sitúa en el año 1.885.

Mi abuelo Francesc Lacasa y Font, por circunstancias económicas del momento,era a primeros del siglo XX, dejó su oficio de ebanista y pasó a trabajar con Pere Llobet Pascual, marido de su hermana Manela y que hacía unos años había abierto una pequeña pastelería en Figueres, con cariz muy rústico, pero sea perque que era muy buen operario, consiguió una buena clientela. Un tiempo después, quedó viudo y muy trastornado, parece que era un hombre muy inquieto, dejó el negocio a sus cuñados y se fué de Figueres. Estaban establecidos en la calle Barceloneta, no. 26.

Desde mi niñez, había sentido explicar el cambio de oficio de mi abuelo, pero nunca le había dado la importancia que después de grande he reconocido, pues en realidad estuvo poco tiempo, trabajando bajo la enseñanza de su cuñado, como maestro pastelero. Creo que era un hombre de más de treinta años, cuando se integró en el nuevo oficio, y lo aprendió a fondo, con toda perfección y con la diversidad de productos que elaboraban, es por admirar. Actualmente, se siguen haciendo casi todas las especialidades de aquella época, traspasadas cuidadosamente de generación en generación: Un gran surtido de pastas secas, borregos , "secalls", "torradetes", "melindros", modernistas, "carquinyolis", "rosquilles", "ametllats", cocos, cubanos, "panellets" por la semana de Todos Sanos, barquillos y gran variedad de turrones, "tortells" entorchados y de "massapà" por las fiestas navideñas, "flaones" y "coques de greixons" en sus fiestas, buñuelos durante la cuaresma.

En otoño se hacía la crema de membrillos, que se vendía durante todo el año y se confitaban toda clase de frutas, que necesitaban para diferentes especialidades. Todo esto se amasaba y se elaboraba a mano. Con sólo la ayuda de una máquina, con una rueda enorme y una manivela para hacerla girar, necesitaban una grande fuerza física. Yo todavía recuerdo esa máquina, era para triturar los frutos secos.



El recuerdo que yo tengo de mi abuelo es el de un hombre metódico, ordenado, poco comunicativo, autoritario, contrario a las modernidades, como por ejemplo, ir introduciendo maquinaria para ahorrarse esfuerzo humano. La primera máquina de amasar que compraron los hijos, cuando ellos ya regentavan el negocio, al principio, nisiquiera la quería ver funcionar. Después se quedaba embobado. A pesar de todo, él fue el gran pilar, en la que se basa nuestra industria actual.

Mi abuelo Francesc, junto con su esposa Teresa Solanes y más tarde, con los dos hijos que entonces, eran muy jóvenes, siguieron adelante, superando seguramente muchas dificultades.

Mi abuela Teresa fue una gran mujer, humilde, trabajadora, sociable y abierta, con una gran relación con los clientes. Hasta el último momento de su vida, muerió a los 88 años, ayudaba con un trabajo muy especial. En aquella época, toda la fruta seca, almendras, piñones y avellanas que necesitaban para la elaboración, eran cascadas a mano, de una en una: Se rompían sobre un pie de hierro y con un martillo, se picaba la fruta que se aguantaba con dos dedos y el grano tenía que quedar entero. Después se separaba de la cáscara; se hacía sobre una gorda criva y se entresacaba cuidadosamente. Era muy laborioso, ella era una experta. Actualmente todavía hay personas que la recuerdan haciendo este trabajo delicado.

Volviendo al orden cronológico de los hechos, en 1.921, trasladaron la tienda y el obrador, al no. 18 de la misma calle Barceloneta, con muchas mejores condiciones de local, pero con mucha sencillez. La instalación contaba con un horno de leña, ubicado en la misma tienda, así los compradores podían ver como la pala del panadero, se movía con destreza, entrando y sacando las pastas del horno, para su cocción y disfrutando al mismo tiempo, de un aroma delicioso que inundava todo el establecimiento. Era como un pequeño espectáculo y de aquí ha perdurado a través de los años, el nombre de "Forn La Barceloneta", que la clientela le dio y que nosotros hemos mantenido.

La segunda generación
En esta época los hijos de Francesc Lacasa, Gerard y Enric, ya hacía años que trabajaban con él.

En el año 1.923 Gerard, mi padre, se casó con Maria Garcia Majoral, y mi madre igual que la abuela fué otro puntal importantisimo, en el negocio familiar.

Yo nací el año siguiente. Pasaron unos años tranquilos, hasta que estalló la guerra civil. Con mucha precariedad continuaron hasta el febrero de 1.938 cuándo un bombardeo lo destruyó todo, ocasionando la muerte de mi único hermano, un niño de once años, y dos hermanas de mi abuelo. Tras la tragedia, completamente desmoralizados y con falta de recursos económicos, todos creían que no podrían volver a levantar el negocio. Pero una vez acabada la guerra, en agosto del 1.939, los supervivientes de la antigua actividad, con muchos sacrificios y con tenacidad, abrieron un modesto establecimiento en la calle Muralla no. 1, esquina con la calle Barceloneta. Entonces yo tenía quince años y valoré mucho, lo que mi padre, tuvo que luchar para poder seguir adelante. Hacía falta construir un horno denominado de escopeta, moderno en aquellos tiempos, e incorporar alguna máquina. Se dejaron las típicas balanzas de pesos para poner en su lugar una balanza automática. Todo eran novedades, pero el problema, es que todo costaba dinero y esto era lo que carecía, pero por el contrario, había su gran tenacidad de seguir adelante, y con ahorros y voluntad lo consiguió.

Mi padre Gerard Lacasa, estimaba mucho su profesión, buen operario, ordenado meticuloso, fue un hombre instruido, un gran lector, amante del progreso y de todas las innovaciones. Siempre había soñado tener una gran industria y en los últimos tiempos de su vida fue feliz, al ver que su bisnieto, que ya tenía veinte años, continuaba en la empresa, con todo el entusiasmo de un joven. Entonces había cuatro generaciones integradas en la industria.

Mi padre tuvo una larga vida, vivió 94 años y casi no dejó nunca de hacer algo. Era ya un octogenario adelantado, cuando todavía preparaba buñuelos, cuando tenían algún pequeño encargo de este producto. A mí me sorprendía, como hacía la proporción de la fórmula, según la cantidad pedida por el cliente, sin equivocarse nunca.

En el año 1.985, centenario de la fundación del negocio, la "Cambra de Comerç i Industria de Girona", nos galardonó, como casa centenaria. Mi padre, con más de ochenta y siete años, pudo recoger el premio personalmente, radiante de alegría; fue la recompensa a tantos años de trabajo.

La tercera generación
Yo empecé a ayudar en la tienda desde los quince años y hasta la jubilación, fueran casi cincuenta años al pie del mostrador.

En el año 1.946 me casé con Pere Juanola Costa, procedente de un ámbito muy diferente al de nuestra actividad, pero se entregó al trabajo, con ilusión y firmeza. Eran tiempos realmente difíciles de post-guerra, con carencias de primeras materias y con inconvenientes de toda clase, pero con constancia y voluntad, con todo mi apoyo, y sin mirar nunca las horas de trabajo que dedicábamos pudimos conseguir, con el transcurso de las décadas, una gran transformación de las instalaciones.

En el año 1.963 abrimos la actual tienda, en la calle Muralla no. 21 y a primeros de los años setenta, la parte de la elaboración fue instalada en una nave, en la calle Núria nº5, con hornos y maquinaria moderna. Habíamos hecho un gran paso. En esta época, ya contábamos con el apoyo de nuestro hijo Josep y su esposa Modesta Cortada.

Mi marido, en Pere Juanola, activo y trabajador, procuró abrir mercado fuera del círculo ampurdanés, en que nos movíamos comercialmente; introdujo muchos cambios, perfeccionó y simplificó sistemas de elaboración en enseres esenciales, y no paró, exponiendo y hablando con técnicos y mecánicos, hasta conseguir una máquina especial para nuestra industria, que él consideraba capital y que no existía en el mercado. Cuando lo consiguió fue por él, la gran victoria.

La cuarta y quinta generación
En el año 1.986 fue traspasada la actividad de "Fabrica de galletas" a nuestro hijo Josep Juanola Lacasa, el cual, cuando todavía era un niño, ya suspiraba por poder ayudar en el trabajo. A los nueve años, como una cosa insólita sacaba del horno, maniobrando la pala, con gran destreza, toda una cocida de "carquinyolis". Lo traía a la sangre: era ya la cuarta generación. En edad temprana, empezó a intercalar estudios y trabajo, pues esta, era su ilusión y seguió el aprendizaje, como cualquier otro.

Es trabajador innato, que ha continuado la primitiva línea de elaboración, de cariz artesanal, introduciendo cambios que ha creído convenientes, siguiendo las nuevas técnicas, usando siempre materias de gran calidad, tal y como había visto hacer a sus antecesores, padre y abuelo que serían sus maestros. El resultado de toda su experiencia, permite ofrecer a los clientes, un extenso surtido de productos, especialidades de pastas secas, rosquillas, "melindros", buñuelos, "tortells", turrones, todo una gama de sabores, de formas, de texturas, que han sido creadas, para hacer las delicias de los paladares más exigentes, con un gusto único, exquisito y auténtico.

Su esposa Modesta Cortada, titular de la tienda, desde mi jubilación, en 1.989, ya hacía años, que regentava la parte comercial de ventas al por menor y al mayor, con mucha actividad y siguiendo la tradición de l’empresa, dónde las mujeres hemos sido puntales importantísimos del negocio, con su relación y el buen trato con los clientes. Además durante muchos años, ha sido la encargada de la contabilidad, teniendo que adaptarse a la técnica de los ordenadores, cosa que le exigió una gran dedicación.

Nuestro hijo y su esposa, cuentan actualmente, con el apoyo de su hijo Jordi Juanola Cortada, quinta generación. Joven dinámico y emprendedor, que con su juventud, aporta todo el aire nuevo, que ahora se necesita en una empresa, pero con mucho respeto y aprecio por los viejos tiempos. Él es quien ha hecho la expansión comercial actual, saliendo del ámbito puramente comarcal de años atrás, a unos niveles mucho más importantes y siempre con nuevos proyectos de cara al futuro. Ha sabido abrir, con mucho de éxito, una abanico especial de buñuelos, un artículo muy típico de casa nuestra, manufacturándolos y cociéndolos de cara los clientes, en ferias artesanas y muestras gastronómicas de prestigio. Tiene un don especial para tratar a los clientes y abrir nuevos mercados. Es admirable, como desarrolla sus ideas; actualmente está animado en uno de estos proyectos y trabaja en ello con un entusiasmo y vitalidad, que es de admirar. A veces a mí, con la mentalidad de mis años, me sorprende la seguridad con la que expone sus planes, admiro su intuición comercial, pero me asusta algo; sin embargo, le apoyo, y le deseo todos los éxitos posibles y me siento orgullosa de los su dinamismo y del espíritu de superación que le impulsa. Adelante Jordi!

En la primavera del 2.002, la empresa fue galardonada, con el "Premio a la Tradición Comercial" que otorga la Generalitat de Catalunya, en un acto emotivo, celebrado en el Palacio Nacional de Montjuic, al cual asistieron nuestros hijos. Este premio fue por ellos, un nuevo estimulo, para seguir con ilusión y firmeza la impronta que dejaron sus antecesores.



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